Palabras del Sen. Humberto Aguilar Coronado, durante la presentación del libro “Recintos Parlamentarios”

Fecha: 
Jueves, Agosto 19, 2010
Agradezco profundamente la invitación que, a través del Coordinador del Grupo Parlamentario del PAN en la Cámara de Senadores, me hizo el Senador Melquiades Morales Flores, Presidente de la Comisión Especial Encargada de los Festejos del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana del Senado de la República, para participar en la presentación del libro de la Dra. Martha Fernández intitulado “Recintos Parlamentarios”.
Y agradezco particularmente esta invitación porque personalmente, siempre es un gozo tener en mis manos un libro de historia, y más si es un libro de la historia de nuestro México.
En el particular caso del texto que comentamos el día de hoy, el placer es especial por ser un trabajo que sigue el camino de la actividad a la que me dedico y la cual se publica como parte de los homenajes a los aniversarios de dos de las fechas claves de la historia nacional: los inicios de las gestas de Independencia y de la Revolución.
El trabajo de los historiadores me parece particularmente arduo. Tiendo a compararlo con el trabajo de otro grupo de escritores, los novelistas, que generalmente reciben mejor acogida entre el público. Éstos tienen que imaginar las cosas, mientras que los historiadores, apegados a la tierra, sólo tienen que recoger la información tal y como haya podido llegar a sus manos. Los novelistas, en cambio, se hallan limitados por sus propias creaciones y por la necesidad de que éstas resulten coherentes en su desarrollo. Los historiadores tienen que acumular datos y hacer acopio de información y después desarrollar sus propias libertades. A ellos les corresponde valorar las credenciales de los materiales que se han conservado, plantear cuestiones que algunos de esos materiales ayudan luego a contestar, y a comprobar que no existan otros testimonios que contradigan las respuestas que han dado.
Así, el trabajo del historiador es un constante reto intelectual; a diferencia de la novela que termina en sí misma, la obra historiográfica tiene que estar siempre atenta a nuevos descubrimientos, a nuevas fuentes que la confirmen o la contradigan, o por lo menos, que la pongan en duda. El historiador nunca se puede dar el lujo de sentir que llegó al punto final.
Por otra parte, el historiador tiene que enfrentarse a las limitaciones propias de sus fuentes. Ellas nunca dicen todo, se guardan secretos que quizá nunca puedan ser develados, y por ello, estos grandes curiosos, tienen que imaginar lo que ocultan, tienen que figurarse cómo habrá sido la vida en concreto detrás de las marcas que la vida dejó, y sobre todo, tienen que mantener intacto su apetito por descubrir nuevas fuentes, nuevos indicios, nuevas ópticas o nuevos criterios de interpretación.
Por eso, el trabajo de Martha Fernández me resultó tan emocionante. Logra un giro extraordinario en la forma en que estamos acostumbrados a ver la evolución de la vida de los parlamentos mexicanos. No abandona ni rechaza el rigor histórico de las piezas legislativas centrales en la vida de México; al contrario, una simple hojeada a la bibliografía de su trabajo, es la clara muestra de su respeto por los logros de los grandes historiadores que siguieron la ruta de investigación documental. Pero Martha imagina –y nos invita a que imaginemos- la vida tal como fue detrás de los “grandes acontecimientos” que marcaron la historia parlamentaria de México. Martha nos sugiere que conozcamos los sitios donde sucedieron esos “grandes acontecimientos” y trata de animarnos con una impresionante y bellísima colección de fotografías.
El valor de este libro de historia, es que también es un libro de viajes:
Viajes hacia el pasado que nos convocan a descubrir la personalidad de los hombres que forjaron la forma mexicana de ver el mundo; viajes que arrojan luz sobre la forma en que se construyeron nuestros valores y nuestras referencias morales, nuestras cosmovisiones y nuestras convicciones políticas.
Es un libro que invita a viajes posibles en el presente. No todos tendremos la suerte de Martha, quien los visitó y los retrató todos. Pero podemos darnos el lujo de visitar los más accesibles y, gracias a este trabajo y a su óptica, imaginar –con la imaginación del historiador- qué pasó allí, qué se sentía estar allí, por qué esos hombres estaban allí haciendo lo que hacían, qué los impulsaba, qué los apasionaba. En fin, de sentir cómo fue la vida real detrás de los testimonios que la historia dejó.
Con sólo visitar la sede del Ayuntamiento de la Cuidad de México podríamos vivir en carne propia la experiencia del surgimiento del espíritu independentista; podríamos comprender las dificultades emocionales por las que atravesaba el Virrey Iturrigaray; por las debilidades que a su cargo imponían las circunstancias que se vivían en España y el fervor de los miembros del Cabildo por aprovechar el momento a favor de una Nueva España plenamente soberana. Pero también, si nos asomamos a alguna de sus ventanas, podremos imaginar lo que sentía la gente común que seguramente, transitaba por la Plaza Mayor en su vida cotidiana, mientras se desarrollaban estos acontecimientos. Podemos pensar que habría personas que se entusiasmaban frente a la posibilidad de la independencia y otras que preferían el mantenimiento del status quo; no debe ser difícil, entrever, desde ese balcón, a dos parroquianos discutiendo sus posturas encontradas –a favor o en contra del nacimiento de una nueva Nación- e imaginar cómo fueron creciendo las pasiones hasta llegar a las armas y al derramamiento de sangre por la conquista de una idea que se había convertido en valor.
O qué tal una visita al edificio de Donceles, en donde se vivió el último informe de gobierno de Porfirio Díaz y dónde se realizó la toma de posesión del Presidente Francisco I. Madero.
Me imagino el descenso por sus escalinatas de acceso del Presidente Díaz, tras su informe, y el asenso del Presidente Madero por las mismas escalinatas para tomar posesión. Me emociona profundamente la intensidad de la vida de México en esos días. Se trataba del inicio de un esfuerzo descomunal por lograr la paz, la estabilidad y la institucionalidad democrática en la vida de México. Desde esas escalinatas es apasionante imaginar la ruta que inició con La Sucesión Presidencial  hasta la consolidación de la democracia en nuestro país, casi 100 años después.
El trabajo de Martha Fernández nos invita también, a viajar hacia el futuro: qué haremos con nuestras instituciones parlamentarias, cómo las haremos evolucionar para que sean respetuosas de nuestra identidad y, al mismo tiempo, más eficaces en la construcción del México que anhelamos. Este edificio, así como los trabajos y los debates que se viven hoy en día en el Senado son, desde la óptica de un talento como el de Martha, muy buen material para un texto como el suyo producido por un talento del futuro.
Martha nos introduce su trabajo como un libro de historia del arte; sin duda lo es y gracias a él, los que se animen a emprender uno de los muchos viajes a los que invita, apreciarán con mayor sensibilidad los sitios que presenta. Pero todos sabemos que el arte es un reflejo de la vida y de las emociones y convicciones que subyacen detrás de la obra que perdura.
Fue justamente esa afirmación inicial de la autora la que me hizo ver su obra del modo que la comento, por lo que le quedo profundamente agradecido.
Felicito sinceramente al Senador Melquiades Morales y a todos los integrantes de la Comisión por la concreción de esta obra que es un hermoso homenaje a las fechas que celebramos y los invito a todos para que inicien los viajes con la lectura de este trabajo y a que no detengan su imaginación para que puedan vivir intensamente lo que significan el Bicentenario y el Centenario.
Tigre